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Primer
día, Miércoles 21 de Junio.
Los
preparativos
Como
imaginaréis, no se me hizo tarde en la cama. Habíamos quedado a las cuatro de la
tarde en San Javier: Guti, Amadeo y yo. Por la mañana hice unas cuantas
gestiones personales, compras de última hora y empaqueté las provisiones y
material. Tengo que recomendar seriamente las bolsas de congelación Albal con
cierre “zip” de la medida más grande. Caben cuatro camisetas aproximadamente,
puedes sacar el aire sobrante y cerrar la bolsa, con lo que consigues muchas
bolsitas con las que rellenar los espacios pequeños de los tambuchos. Los sacos
estancos están bien, pero son tan rígidos que pierdes capacidad de almacenaje.
Lo más importante es que no entre agua por las bocas de los compartimentos.
Antes de
montar todo en el coche, decidí hacer una prueba de capacidad en la Skua que me
prestó Quique, de Kayak Sport en Murcia, pues la mía todavía no estaba
terminada. Yo, defensor del timón a muerte, sin orza ni timón, para que veas. Me
sorprendí al comprobar que, acoplando debidamente los trastos, me sobraba sitio
para un bidón de agua de cinco litros. He de decir que he paseado arroz, pasta,
tomate frito, barritas energéticas, galletas energéticas y otras muchas cosas
innecesarias, las cuales han vuelto a casa sin tocar.
En San
Javier guarda Amadeo su Nelo Navigator, y una vez allí la montamos en mi coche.
Guti y Amadeo delante, con la Sipre Tintorera del primero, y rumbo a Águilas,
donde llegamos a las seis de la tarde. En un extremo de la población encontramos
una pequeña playa, en la que descargamos los kayaks y el material, que se
quedaron a cuidado de Amadeo. Guti y yo, con dos coches, de nuevo a la carretera
hasta Retamar, al otro lado de Cabo de Gata, donde apareció Pedro desde Málaga
con su Prijon Seayak.
Hicimos el
cambio, subiendo el kayak al coche de Guti, y dejamos allí el mío y el de Pedro,
para que al terminar, él pudiese volver a Málaga y nosotros a Murcia. De vuelta
a Águilas se nos hizo de noche, donde Amadeo nos esperaba con su habitual
estoicismo, como si hubiéramos tardado cinco minutos.
Pese al
trajín, monté mi tienda, ellos bajo un toldo, cenamos y después de charla hasta
las tantas, no teníamos sueño ante la perspectiva de mañana.

Segundo
día. Jueves 22 junio
Un regalo de día. El mar está plato, no hay
viento. Guti y Amadeo aparcan el coche en la ciudad, a resguardo de ladrones, y
al volver ya hemos desayunado, usando el hornillo Trangia de Pedro, tan efectivo
como complicado.

Partimos
paleando lento, los kayaks a tope de carga, pesan un disparate. Todos echamos el
curricán, y salen obladas, sargos, espetones y un jurel. Cuando llevamos siete
piezas paramos, tenemos para comer. Llevamos unas hojas sacadas de las
Aeroguías, con descripción detallada del litoral, nombres de todas las calas,
construcciones, etc. Cada hoja abarca entre cuatro y cinco kilómetros, y es un
placer poder conocer el nombre de aquello que ves por primera vez. Pasado San
Juan de Terreros hacemos una horita más, y en una bonita cala de guijarros
diminutos redondeados de color amarillo hacemos un descanso con baño, entre
islotes negros que hacen recordar un mar tropical, pero estamos en España.


La placidez del mar nos hace
avanzar lentos pero constantes, devoramos las distancias. De cala en cala
llegamos, ya en Almería, a la playa del Descubrimiento, antes de una horrible
fábrica de gas pegada al mar, y tras poner los toldos y bañarnos, nos ponemos
tibios de pescado, sazonado por el Guti, que lleva un tarro con el aliño
preparado, muy rico.
De su último viaje a Perú trajo unas hojas de
coca, con las que hace una infusión para todos. Acto seguido, me hago mi café.
Nos quedamos torrados hasta que el sol nos despierta abrasando. Hemos comido
mucho y salado, se hace difícil contra el sol seguir remando, pero llegamos a
Villaricos, y luego las playas de Vera.



Hace años
solía venir por aquí, a disfrutar de la soledad kilométrica bajo eucaliptos
monumentales. Nada de esto existe ya. Una continua línea de construcciones afea
el litoral, con sus boyas amarillas plagadas de socorristas. Vamos separados de
la costa como doscientos metros, y no paran de gritarnos: ¡Por fuera de las
boyas¡ No hay nadie bañándose, no entendemos nada. Y no callan, uno tras otro.
Algunos dicen “yo soy un mandado”, otros mas nerviosos, y una chica incluso
histérica. Sólo queda la solución Hoomer Simpson: “¡Búscate un empleo decente¡”.
Tan cruel como acertado.
Estamos frente al puerto de Garrucha, y delante
nos esperan todavía un par de horas para poder pernoctar en algún sitio
salvaje, pero llevamos cuarenta kilómetros a las espaldas, y son las ocho de la
tarde.

Decidimos
buscar una zona tranquila frente a Mojácar, a la espalda del hotel Continental,
que está casi vacío, con una estupenda terraza al mar en la que nos pedimos unas
cervezas, pedimos pizzas y las compartimos con un millón de mosquitos. Hemos
tenido también la suerte de pillar ducha en la playa, así que dormimos como
benditos, limpios y agotados.


A las ocho y media sirven el
desayuno en la terraza del hotel, y lo aprovechamos. Esta va a ser una travesía
semi-lujosa. Hoy el mar nos saluda con olas altas de levante, una delicia. Me
gustaría llevar timón, el mar me obliga a cantear continuamente, forzando con la
izquierda. El fondo es arenoso, y cuando todos hemos pillado dos o tres arañas,
decidimos recoger los aparejos, no merece la pena. Además está el mar picadillo,
no se recoge con la comodidad de ayer.
Vamos doblando puntas
coronadas por torreones antiguos, acantilados prodigiosos, Almería es salvaje.
La monstruosa y descomunal presencia en la playa del Algarrobico del hotel
ilegal cuya construcción está paralizada nos invita a su contemplación desde la
orilla.



Tercer
día, Viernes 23 de Junio.
El mar
rompe con fuerza en la arena, hay un gran escalón que estrella el agua con
potencia. Salimos sin muchas complicaciones, y nos bañamos frente a este
despropósito en todos los sentidos. Es tan enorme que dudo mucho que no llegue a
ser terminado, lo visto en Mojácar y Puerto Rey me lo confirman. Amadeo tiene
problemas para volver al mar, no logra emproar la Navigator, que ola tras ola lo
empujan de nuevo a la orilla. Pero es un tío constante y con ánimo frío. Un buen
compañero. La hora de la comida nos sorprende en Carboneras, que casualidad,
hombre, un restaurante frente a la playa. Menú del día, potaje y filete de
ternera, postre y café. Pedro y Amadeo se acercan al Mercadona, a por agua y
pan.

El puerto de Carboneras se
une con la fábrica de cemento, es larguísimo. Después de él aparece la hermosa y
siniestra playa y punta de los Muertos. Alucinamos bajo los acantilados, remando
y remando.



En una pequeña cala preguntamos por la distancia
hasta San Pedro. Yo estoy cansado, todo el día forzando, ¿timón no? A última
hora llegamos por fín a Cala San Pedro. Es un reducto hippie, con esculturas en
la roca, un castillo en ruinas, un pequeño manantial, flautas y tambores.



Desembarcamos en la playa, totalmente plácida. Llegan barcas con gente que
celebrará San Juan por la noche, hogueras y alcohol. Yo estoy rendido, me duele
toda la espalda y la zona lumbar, tanto que no tengo ni apetito, sólo angustia y
frío. Llevo todo el día con Neobufren, la garganta me molesta. Amadeo se ofrece
a darme un masaje con pomada anti inflamatoria, es lo mejor del mundo. Al rato
me encuentro mucho mejor, y toda la noche la dormimos de un tirón, todos.
Estábamos asustados del trajín, y esperábamos una noche movidita, pero ha
resultado ser la mejor de todas, el cansancio ayuda. Hoy nos hemos acercado
también a los cuarenta kilómetros, pero con mucho más trabajo que el primer día.
Cuarto
día. Sábado 24 de Junio.
El amanecer me sorprende con una espalda
impecable. ¡Amo a Amadeo¡ Parece increíble esta placidez de mar, después del día
de ayer. Partimos con buen ánimo, cruzamos frente a Las Negras, y nos bañamos en
el Playazo de Rodalquilar.




Luego
seguimos doblando puntas, y el mar cada vez está más calmado, es una lámina
aceitosa en la que se palea con placer. Los dos primeros días fueron muy
fuertes, para cubrir la zona “fea” rápidamente, y disfrutar del Parque Natural
de Cabo de Gata. Remamos lánguidamente, sin intentar siquiera pescar, y la hora
de comer nos sorprende nuevamente, que casualidad, frente a la Isleta del Moro,
restaurante Última Ola, arroz y marisco.





Todo va bien con el arroz
hasta que, poco antes de los cafés, nos fijamos en que la calma desaparece, y un
viento ¡De Poniente¡ se levanta con una rapidez inusitada. Esta mañana no caímos
en la cuenta de que ese calmazo no era sino un cambio de viento. El Poniente
levanta espumas, borregos les decimos. La salida después de comer es dura, y
cada rato se pone peor. Hay que tener en cuenta que cada punta que doblamos nos
expone mas y mas al Poniente. Nuestra intención era dormir en Cala Carbón, unos
ocho kilómetros después de San José, para dejar el domingo sólo cuatro horas


No tenemos
otra opción que buscar refugio en el único abrigo a Levante, una pequeña cala
entre derrumbes, la única en calma, con paredes verticales de veinte metros que
impiden la salida. Es algo tétrica, grandes rocas en equilibrio inestable,
restos de naufragios empotrados varios metros sobre nosotros entre las oquedades
de las rocas. Pedro es aficionado a la escalada, y con un par de huevos trepa
por la pared con el teléfono, en busca de cobertura e información. A las dos
horas vuelve, y el parte para el domingo es Poniente fuerte. No podremos
terminar la ruta. Me sorprende que no me desilusione, estos imprevistos son
realmente la sal, el punto de aventura de la excursión. Formamos una gran mesa
con una plancha de aluminio allí arrojada por el mar, nos instalamos todo lo
cómodamente que podemos y pasamos una tarde estupenda, charlando y riéndonos,
también comiendo como gorrinos. Decidimos que el amanecer nos ha de sorprender
remando, para aprovechar esas horas de relativa calma y poder sortear los
escasos kilómetros que nos quedan hasta San José sin que el viento nos complique
la vida.
Quinto
día. Domingo 25 de Junio.
Todavía de
noche levantamos el campamento, calladitos y sin pausa. Todos con el chaleco
puesto, los dientes apretados. Salimos del abrigo que nos ofrece nuestra última
cala y el mar nos saluda con altas olas, viento fuerte. En silencio cubrimos los
escasos kilómetros hasta San José, llegamos antes de las nueve de la mañana, y
la predicción no engaña, el viento sube y sube, cubre el mar de espuma y nos
abrazamos contentos en las arenas de la playa. Pedro y yo nos pillamos un taxi
hacia Retamar.

Esta playa
está totalmente expuesta, y comprobamos que intentar finalizar hubiera sido un
despropósito. De vuelta con nuestros coches, cargamos y nos despedimos. Pedro se
va a Málaga, nosotros a Águilas. En Águilas yo descargo los barcos de Guti y
Amadeo, y me voy a mi casa. Se acabó.

Conclusión.
Yo no
conocía a Pedro, a Amadeo casi tampoco, sólo a Guti. Estos días en el mar han
sellado una amistad que durará de por vida. Cuando remas en mar abierto, días
enteros, depositas en tus compañeros tu vida. Confías en la seguridad que su
presencia te regala, y viceversa. No hace falta hablar mucho, de hecho vamos
bastante separados, pero sin perdernos de vista. El mar, el esfuerzo de remar,
la sal, el sol, el discurrir de las horas al ritmo de tu paleo…esas sensaciones
vuelven a ti días después de acabar. Usando palabras de otro: “La voluptuosidad
de la fatiga” es el sentimiento, la sensación, el sabor que estos días han
dejado en mí nuestra ruta Águilas-San José.
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