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Las abundantes lluvias de los
meses de marzo y abril han elevado el nivel de agua del pantano del Quípar casi
un metro. Antes de poder llegar a sus orillas desde Cieza, se ha de llegar a
Calasparra y entrar desde el Noroeste. Esta comarca es la más elevada de la
Región, una gran planicie de cereales y almendros que goza de un esplendor
inusual para estas latitudes.

Los almendros
están reventados de hojas, parecen frutales, y los verdes campos de cebada no
tienen un solo centímetro libre, las espigas están a su altura definitiva de un
color verde casi comestible, salpicadas de manchas rojas de amapolas.
Es una visión
de abundancia, y bajo el cielo nublado de continuidad, como si esto fuera lo
habitual y la sequía un espejismo.

Al llegar a
la orilla comprobé que la ribera ha avanzado unos cinco metros, ahora la
pendiente sumergida es más pronunciada y se puede embarcar sin apenas rozar el
casco contra las piedras. El fondo es de tierra muy clara y pegajosa, al clavar
la pala se mancha con este barro resbaladizo. Comencé a bordear el pantano,
evitando las puntas dónde los pescadores se estaban instalando, y busqué las
zonas solitarias. Al pantano fluyen muchas ramblas de las montañas circundantes
que aportan un limo muy fértil, y tras las escasas subidas de nivel, cuando el
agua vuelve a descender, nacen multitud de tarays y juncales que con la nueva
subida se ven inundados, creando un hábitat seguro y rico en alimentos.

En estos
reductos encontré un gran alboroto causado por las carpas, envalentonadas por el
desove. Buscan la parte exterior de estos marjales, las hembras ponen los huevos
y los machos, con mucha energía, los fecundan entre grandes coletazos sacando
casi todo el cuerpo fuera. Hay que estar atento porque saltan allí donde menos
te lo esperas, incluso pegados al kayak. Tienen unos lomos enormes, algunos
pesarán más de cinco kilos, las escamas son grandes como la uña de un pulgar, de
un marrón rojizo.

El viento
apretaba mientras paleaba hasta el otro extremo del pantano, me venía de
costado, frío y sin sol, poco agradable. Llegué a una barrera de juncos que
crece sobre un brazo de piedras adentrándose en el agua, y a su refugio descansé
un poco, comprobando que en esta zona alejada de la entrada principal de agua
la claridad del agua es increíble, pude meter la pala vertical sin llegar a
tocar fondo pero viendo el extremo sumergido, paralelo a los juncos que nacen
del fondo, que tienen por tanto unos cuatro metros de longitud contando desde su
nacimiento al extremo fuera del agua. En estas chocaron contra la pala un grupo
de carpas juguetonas y grandes, las pude observar con tranquilidad después del
susto inicial.

Particularmente no soy muy amante de la navegación en pantanos, tienen un aire a
veces siniestro. La aridez de sus fondos y el progresivo oscurecimiento del agua
no invita a bañarse, racionalmente sabes que no hay peligro, pero siempre existe
un halo de misterio en sus fondos, y en solitario especulas con gigantescas
carpas de cincuenta kilos, enormes siluros, criaturas solitarias y nunca vistas
que crecen año tras año sin que nadie ni nada las perturbe.

Marché a mi
objetivo principal, los nidos de la colonia de garza real que habitan en el
extremo más deshabitado e inaccesible, que por esos motivos eligieron para
establecerse. Después de una larga y antigua sequía, crecieron tarays en esta
zona que llegaron a convertirse en árboles, y tras una nueva inundación se
secaron, quedando sus esqueletos a disposición de estos hermosos animales que
construyen sus nidos elevados del agua entre uno y dos metros, alejados de la
orilla a salvo de depredadores terrestres, no así de las gaviotas que hacen
guardia permanente, a la espera de un abandono de las crías y huevos para
robarlos.

En este
extremo el viento levantaba olas cortas que de costado balanceaban el kayak
entre las ramas secas, dónde inspeccioné una decena de nidos que gracias al
elevado nivel de agua quedaban casi a ras de agua, otros no más de un metro. En
algunos encontré un par de huevos, en otros cuatro, y en el resto pollos de
muchos tamaños.
Hay nidos con
tres pollos casi maduros, sin plumón y desarrollados. Sus ojos amarillos, el
pico afilado y algunos con un tupé juvenil les confieren un aire prehistórico,
son los dinosaurios modernos, siempre me acuerdo del Pterodáctilo cuando los veo
planear.
Conseguí
fotografiar de cerca las nidadas sin que se asustaran demasiado, en un nido hay
dos huevos azul turquesa de tamaño de los de gallina, y un pollo de apenas dos
días, un peluche con pico a la espera de sus hermanitos. Hace años observé que
los huevos eran mucho mayores, y me sorprendió también la diferencia en las
fechas de nacimiento, al mismo tiempo hay ejemplares casi adultos y otros
todavía en el huevo.

En un nido ví
un pez seco sin cabeza, la abundancia se nota. El último nido de los que visito
tiene solamente un pollo grande, que asustado se pone en pié y torpemente sale
cayendo al agua. Me acerco a él mientras regurgita un pez reciente, lo pongo
sobre la cubierta del kayak, repite el vaciado intestinal encima de la red, le
sujeto las patas con la goma y lo llevo de nuevo a su casa, del cuello lo pongo
otra vez allí. Esto último me deja un mal sabor de boca, no quería acercarme
tanto a los nidos pero el vaivén de las olas me obliga a asegurarme con una mano
a una rama para poder hacer fotos con la otra.
Desisto de
rodear lo que me queda de pantano, el viento y el cielo cubierto me desaniman,
también los muchos pescadores de esas orillas, no se que tendrán los pescadores
de orilla, pero la simpatía no está incluida en sus aparejos.

La vuelta a
casa la recorro por otra carretera, en dirección a Mula y torciendo hacia Cieza,
atravieso el enorme Campo de Cagitán, llanura inmensa y habitualmente seca, que
ahora pasa por un momento de gloria. Los arcenes de la carretera están llenos de
flores, los campos no dan abasto a tanto cereal verde, y así subiendo hasta la
sierra de Ricote camino de Cieza. En todo el trayecto se rodea el Almorchón,
pico solitario al pié de Cagitán, montaña telúrica y mágica, de infinitas
siluetas, centinela y guardián de la Vega media del Segura, divide dos
geografías, dos tipos de agricultura, dos paisajes.

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