COSTA CÁLIDA KAYAK

 

Pantano del Quipar

 

Por Alfonso Bleda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las abundantes lluvias de los meses de marzo y abril han elevado el nivel de agua del pantano del Quípar casi un metro. Antes de poder llegar a sus orillas desde Cieza, se ha de llegar a Calasparra y entrar desde el Noroeste. Esta comarca es la más elevada de la Región, una gran planicie de cereales y almendros que goza de un esplendor inusual para estas latitudes.

 

Los almendros están reventados de hojas, parecen frutales, y los verdes campos de cebada no tienen un solo centímetro libre, las espigas están a su altura definitiva de un color verde casi comestible, salpicadas de manchas rojas de amapolas.

Es una visión de abundancia, y bajo el cielo nublado de continuidad, como si esto fuera lo habitual y la sequía un espejismo.

Al llegar a la orilla comprobé que la ribera ha avanzado unos cinco metros, ahora la pendiente sumergida es más pronunciada y se puede embarcar sin apenas rozar  el casco contra las piedras. El fondo es de tierra muy clara y pegajosa, al clavar la pala se mancha con este barro resbaladizo. Comencé a bordear el pantano, evitando las puntas dónde los pescadores se estaban instalando, y busqué las zonas solitarias. Al pantano fluyen muchas ramblas de las montañas circundantes que aportan un limo muy fértil, y tras las escasas subidas de nivel, cuando el agua vuelve a descender, nacen multitud de tarays y juncales que con la nueva subida se ven inundados, creando un hábitat seguro y rico en alimentos.

En estos reductos encontré un gran alboroto causado por las carpas, envalentonadas por el desove. Buscan la parte exterior de estos marjales, las hembras ponen los huevos y los machos, con mucha energía, los fecundan entre grandes coletazos sacando casi todo el cuerpo fuera. Hay que estar atento porque saltan allí donde menos te lo esperas, incluso pegados al kayak. Tienen unos lomos enormes, algunos pesarán más de cinco kilos, las escamas son grandes como la uña de un pulgar, de un marrón rojizo.

El viento apretaba mientras paleaba hasta el otro extremo del pantano, me venía de costado, frío y sin sol, poco agradable. Llegué a una barrera de juncos que crece sobre un brazo de piedras adentrándose en el agua, y a su refugio descansé un poco, comprobando que en esta zona alejada de la entrada principal de agua  la claridad del agua es increíble, pude meter la pala vertical sin llegar a tocar fondo pero viendo el extremo sumergido, paralelo a los juncos que nacen del fondo, que tienen por tanto unos cuatro metros de longitud contando desde su nacimiento al extremo fuera del agua. En estas chocaron contra la pala un grupo de carpas juguetonas y grandes, las pude observar con tranquilidad después del susto inicial.

Particularmente no soy muy amante de la navegación en pantanos, tienen un aire a veces siniestro. La aridez de sus fondos y el progresivo oscurecimiento del agua no invita a bañarse, racionalmente sabes que no hay peligro, pero siempre existe un halo de misterio en sus fondos, y en solitario especulas con gigantescas carpas de cincuenta kilos, enormes siluros, criaturas solitarias y nunca vistas que crecen año tras año sin que nadie ni nada las perturbe.

Marché a mi objetivo principal, los nidos de la colonia de garza real que habitan en el extremo más deshabitado e inaccesible, que por esos motivos eligieron para establecerse. Después de una larga y antigua sequía, crecieron tarays en esta zona que llegaron a convertirse en árboles, y tras una nueva inundación se secaron, quedando sus esqueletos a disposición de estos hermosos animales que construyen sus nidos elevados del agua entre uno y dos metros, alejados de la orilla a salvo de depredadores terrestres, no así de las gaviotas que hacen guardia permanente, a la espera de un abandono de las crías y huevos para robarlos.

En este extremo el viento levantaba olas cortas que de costado balanceaban el kayak entre las ramas secas, dónde inspeccioné una decena de nidos que gracias al elevado nivel de agua quedaban casi a ras de agua, otros no más de un metro. En algunos encontré un par de huevos, en otros cuatro, y en el resto pollos de muchos tamaños.

Hay nidos con tres pollos casi maduros, sin plumón y desarrollados. Sus ojos amarillos, el pico afilado y algunos con un tupé juvenil les confieren un aire prehistórico, son los dinosaurios modernos, siempre me acuerdo del Pterodáctilo cuando los veo planear.

Conseguí fotografiar de cerca las nidadas sin que se asustaran demasiado, en un nido hay dos huevos azul turquesa de tamaño de los de gallina, y un pollo de apenas dos días, un peluche con pico a la espera de sus hermanitos. Hace años observé que los huevos eran mucho mayores, y me sorprendió también la diferencia en las fechas de nacimiento, al mismo tiempo hay ejemplares casi adultos y otros todavía en el huevo.

En un nido ví un pez seco sin cabeza, la abundancia se nota. El último nido de los que visito tiene solamente un pollo grande, que asustado se pone en pié y torpemente sale  cayendo al agua. Me acerco a él mientras regurgita un pez reciente, lo pongo sobre la cubierta del kayak, repite el vaciado intestinal encima de la red, le sujeto las patas con la goma y lo llevo de nuevo a su casa, del cuello lo pongo otra vez allí.  Esto último me deja un mal sabor de boca, no quería acercarme tanto a los nidos pero el vaivén de las olas me obliga a asegurarme con una mano a una rama para poder hacer fotos con la otra.

Desisto de rodear lo que me queda de pantano, el viento y el cielo cubierto me desaniman, también los muchos pescadores de esas orillas, no se que tendrán los pescadores de orilla, pero la simpatía no está incluida en sus aparejos.

La vuelta a casa la recorro por otra carretera, en dirección a Mula y torciendo hacia Cieza, atravieso el enorme Campo de Cagitán, llanura inmensa y habitualmente seca, que ahora pasa por un momento de gloria. Los arcenes de la carretera están llenos de flores, los campos no dan abasto a tanto cereal verde, y así subiendo hasta la sierra de Ricote camino de Cieza. En todo el trayecto se rodea el Almorchón, pico solitario al pié de Cagitán, montaña telúrica y mágica, de infinitas siluetas, centinela y guardián de la Vega media del Segura, divide dos geografías, dos tipos de agricultura, dos paisajes.

 

 

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