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El domingo por la mañana fui al
río Segura en el término municipal de Calasparra, al conocido como Cañón de
Almadenes, dónde confluyen los ríos Quipar y Segura, embalsándose antes de
entrar bajo la montaña y discurrir varios kilómetros hasta la central eléctrica
que aprovecha su caudal. Ya me habréis leído más de una vez sobre este tramo,
pero es que cada travesía es diferente y especial.

Bajar del
coche y sentir la agradable temperatura primaveral te sube el ánimo, olvidar el
pantalón de neopreno es como salir de una tortura, nada como el bañador de pata
larga, ancho y fresquito. El agua está tranquila, no hay viento que la rice y
paleo contra la casi inapreciable corriente, que aumentará al compás de los
kilómetros.

En la primera
curva un pollo de cormorán no consigue levantar el vuelo, y se sumerge delante
del kayak, emerge un poco más adelante, repite varias veces buceando siempre
hacia arriba en la misma dirección del monstruo que lo persigue, yo espero que
tras varias tentativas de fuga comprenda que debe cambiar de dirección, pero no
lo hace. Decido apretar y lo dejo atrás.

El tramo por
el que destacan las vías de paso de los jabalíes está tranquilo, el agua limpia.
Los enormes árboles lucen unas hojitas en verde tierno, brillante, juvenil. Todo
emana frescura, los milimétricos mosquitos se confunden con el polen flotante.
Un escándalo entre los zarzales de la orilla me hace pensar en un jabalí
asustado, me detengo frente al sonido, los ramajes se mueven fuertemente, pero
es sólo otro pollo de cormorán confundido y asustado, que aletea hasta el agua,
cae torpemente y se sumerge.


Termino el
tramo salvaje e inaccesible sin cansarme, baja mucho caudal en comparación con
el del pasado invierno, lo que me permite una vez en las orillas cultivadas del
río iniciar la subida fuerte, cada centímetro se ha de conseguir a pulmón, voy
cruzándome de orilla a orilla buscando la corriente menor, también las
corrientes en contra que te regalan un respiro. El sol calienta los galápagos
de la margen derecha, el ruido de la pala los asusta, chapotean dejándose caer.
Uno joven de unos dos años ha tenido la mala suerte de quedar boca arriba,
patalea desesperado mientras me dirijo hacia él, lo sujeto suavemente con el
extremo de la pala y le ayudo a recobrar su postura inicial, las uñas afiladas
arañan desesperadamente el aire.

Varias
parejas de ánades me acompañan, las hembras siempre levantan el vuelo las
primeras, el macho aguanta estoicamente para no demostrar debilidad.

Una pareja de
martines también juegan al despiste conmigo, están en época de cría e intentan
confundirme para alejarme de su nido.

En los
bancos de fango sumergidos bajo pocos centímetros de agua los barbos de kilo
reciben los benéficos rayos solares de la mañana, me acerco lentamente para
admirarlos, se marchan sin miedo, con majestad.

Cuando
alcanzo la mitad del recorrido descanso sin desembarcar en los grandes escalones
que conforman un embarcadero para paseos fluviales autorizados. Recobro el ritmo
respiratorio y me relajo, me fumo un cigarrito. Estoy contento por haber llegado
aquí con la pala tradicional, ya tenía ganas.

Asomo la proa
a la corriente y dejo que ésta me haga virar el kayak, me dejo llevar por la
fuerte corriente en un ancho y poco profundo río flanqueado por taludes de
enormes rocas que canalizarán las posibles avenidas. Entre estos grandes bloques
de piedra surgen huecos, resquicios entre ellas que habilitan las perfectas
guaridas de los galápagos. Los puedo contar por decenas, solos, por parejas e
incluso grupos de tres y cuatro, asombrosas esculturas naturales que se
desploman a mi paso. Me alegra descubrir ejemplares jóvenes, de apenas unos
centímetros. Uso la pala sólo para corregir el rumbo hasta recorrer los dos
kilómetros que me hacen llegar al Cañón.

De repente
acaban los cultivos y un cono pétreo de treinta metros a la derecha del río se
erige en centinela que anuncia el comienzo del tramo salvaje.

A
partir de aquí tengo la seguridad de recorrer los cuatro kilómetros en absoluta
soledad, flanqueado por paredes verticales, bosque de ribera, murallas de
zarzamoras que aíslan de peligro a las gallinetas que crían aquí.

Los rayos de
sol en mi cara, el murmullo de las abejas, los trinos, todo es de una perfección
absoluta. La velocidad del agua ahora es sumamente lenta, quiero avanzar un poco
y comienzo a palear lentamente. Me molesta el sonido del agua al sacar la pala
del agua, e intento silenciarlo. Recuerdo las palabras de Xavi: “La pala se
desarrolló para la caza, es sumamente silenciosa”. Los que venimos de la pala
europea partimos de la comparación y al principio solo le vemos desventajas,
porque para nosotros la fuerte propulsión es la máxima expectativa. Los
inventores de la pala esquimal habían de aproximarse a sus presas lenta y
silenciosamente, sin chapoteos. La pala tradicional, independientemente del
ritmo de paleo, no produce sonido al introducirla en el agua, pero si al
sacarla.

Probé el
paleo un poco robótico, frenando la salida del agua de la pala. Puedes notar
como ella te empuja para salir, su propia flotabilidad le hace buscar la
superficie. Has de pararla, sacarla unos milímetros del agua y en una fracción
de segundo, toda el agua ha desaparecido. Increíblemente el kayak avanza a una
velocidad mucho mayor de la que cabría esperar con este ritmo cadencial, lento:
uno para avanzar, dos para sacar.
Después de
muchos años recorriendo estos escasos e indómitos parajes dominicales, ayer tuve
la sensación de que, por primera vez, estaba realmente integrado en el paisaje.
Ni una gota, ni un chapoteo, sólo el estruendo para mis oídos del roce del
chaleco con la lycra. Doblando los meandros sorprendí a cantidad de fauna
silvestre, escuché a los carpinteros con su martilleo horadando los secos
troncos, los pude ver perfeccionando el círculo perfecto de entrada a sus
cubiles.

Ahora los
galápagos se lanzaban como posesos en busca del refugio profundo del lecho del
río, a escasos metros de mi proa. El roce entre ramas delataba a las ardillas,
una oropéndola amarilla cruzó como un misil sobre mí.

Nunca hasta
ayer había tenido la oportunidad, el tremendo placer, de deslizarme en silencio
por un paraíso en absoluta soledad, silencio, calma y armonía. Os confieso que
era tanta mi alegría que sentí la necesidad de contarlo, me acordé de todos
vosotros los del foro, me hubiera gustado que esa sensación la pudiéramos
compartir en ese momento.

Aconsejo a
todo el que le guste la observación de la naturaleza desde el kayak que pruebe
esta pala y esta técnica, la velocidad es más que suficiente y la quietud, la
integración silenciosa que logras con el entorno es mágica.

Fotografías de la zona.








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